Coyoacán a pie descubre las plazas, el mercado y el arte que hacen único este paseo por CDMX
Las plazas reúnen, el mercado abre el apetito y el arte sale al encuentro. Un paseo por Coyoacán para descubrir los detalles que hacen memorable una visita
La verdadera vida de barrio que se esconde en las calles de Coyoacán. Foto: Erick Reyes
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En Coyoacán, la escena cambia con apenas girar la cabeza. El paseo empieza ahí: entre quienes celebran, quienes trabajan y quienes llegan con la curiosidad de mirar.
Al sur de la Ciudad de México, el centro de Coyoacán reúne jardines, templos, cafés y mercados en un recorrido que se disfruta a pie. Sus plazas tienen esa capacidad de reunir planes distintos: sentarse bajo un árbol, buscar un antojo, entrar a una iglesia o detenerse ante un pintor.
Conviene dejar espacio para esas pausas; gran parte del encanto aparece entre una parada y otra.
Una novia con su vestido de gala posa para unas fotografías en el centro de Coyoacán. Foto: Erick Reyes
Dos jardines, muchas maneras de quedarse
El Jardín Hidalgo y el Jardín Centenario forman el corazón de la visita. En el primero, el quiosco sirve como referencia para encontrarse; en el segundo, la Fuente de los Coyotes recuerda el vínculo del lugar con el animal que le da nombre. Coyoacán deriva del náhuatl Coyohuacan, que el Instituto Nacional de Antropología e Historia traduce como lugar de coyotes.
Las bancas de hierro, los senderos y las copas de los árboles invitan a observar. Alrededor, las fachadas de colores y las terrazas acompañan el movimiento de visitantes.
Un vehículo turístico de apariencia antigua, los comercios abiertos y la gente que ocupa las plazas completan una estampa donde la arquitectura comparte protagonismo con la vida diaria.
Coyoacán tiene raíces anteriores a la llegada de los españoles. Durante el periodo virreinal fue una zona de huertas y casas de descanso; conserva parte de su traza del siglo XVI. Esa historia ayuda a entender sus proporciones y sus calles, pero basta levantar la vista para encontrarla también en un arco, una portada o un muro.
La parroquia de San Juan Bautista marca una de las pausas del recorrido. Su origen se remonta al siglo XVI y su aspecto actual reúne transformaciones de distintas épocas. La fachada de piedra y los muros amarillos delimitan un espacio que sigue ligado a la vida religiosa del barrio, además de atraer a quienes buscan conocer su arquitectura.
Adentro, la mirada sube. Las pinturas de las bóvedas, los relieves y los acentos dorados acompañan la nave hasta el altar. Las hileras de bancas introducen otro ritmo, más contenido que el de la plaza. Aquí vale detenerse en los detalles, guardar silencio y recordar que la visita ocurre en un templo en uso.
Al salir, el entorno devuelve su movimiento. Los portones se vuelven fondo de retratos y las familias cruzan frente a la iglesia. El pasado permanece a la vista mientras la plaza continúa con sus propios asuntos: una celebración, una conversación, alguien que busca el mejor ángulo para llevarse una imagen.
Una turista, con su mochila y un sombrero, toma una foto de un intérprete de Catrina vestido. Foto: Erick Reyes
El antojo también orienta
Desde los jardines, la caminata puede seguir hacia el Mercado de Coyoacán, en la colonia Del Carmen. Ahí cambia la escala: los pasillos acercan al visitante a los mostradores, los ingredientes y las manos que preparan la comida. El recorrido se vuelve una sucesión de decisiones pequeñas, empezando por qué pedir.
Las tostadas ocupan un lugar especial. En los letreros aparecen opciones de pollo, tinga, pata, salpicón, champiñones y mariscos. Bajo las vitrinas, los guisos exhiben sus colores; encima de las barras, las salsas esperan. Antes del primer bocado ya hay una experiencia visual: carteles amarillos, fotografías de platillos y charolas que llenan el campo de visión.
Comer aquí permite acercarse al Coyoacán de los oficios y el intercambio cotidiano. El mercado recibe a quienes hacen compras y a quienes llegan atraídos por sus antojitos. Compartir ese espacio, pedir con calma y atender a las recomendaciones del puesto es también una manera de conocer el barrio.
Después queda sitio para un café, un churro o una vuelta más por el centro. La oferta gastronómica de la zona permite alargar la sobremesa y retomar el paseo sin convertir cada parada en una carrera contra el reloj.
El interior de la Parroquia de San Juan Bautista en Coyoacán, Ciudad de México. Foto: Erick Reyes
El arte cabe en una pequeña pintura
A la orilla de un jardín, un pintor trabaja con una pieza apoyada sobre cartón. Frente a él, decenas de cuadros pequeños reúnen flores, calles, montañas y cielos encendidos. Las obras de mayor formato muestran cascadas y paisajes; las miniaturas obligan a acercarse. La escena revela otra forma de recorrer Coyoacán: mirar lo que alguien está haciendo.
Esa cercanía es parte de su atractivo. La creación ocurre junto al paso de los visitantes, entre árboles y rejas, al alcance de una conversación. Un recuerdo puede elegirse por su color, por el paisaje que representa o por haber visto el movimiento del pincel antes de que la pieza estuviera terminada.
Detrás de la barra, todo está listo para preparar las inconfundibles tostadas con los ingredientes más frescos. Foto: Erick Reyes
En las calles y pasajes, las figuras de coyotes y las hileras de banderas suman otros detalles al paseo. Cada visitante guarda su propia imagen.