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Nuevo León

El sueño que se rompió: la historia de Missael, un hombre sin hogar que llegó a Monterrey por amor

Missael, un joven originario de Tamazunchale, llegó a Monterrey persiguiendo un sueño que se desvaneció. Hoy vive en situación de calle, enfrentando el frío, la indiferencia y la falta de empatía, recordándonos que nadie elige perderlo todo y que una mano extendida puede marcar la diferencia.


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Missael llegó a Monterrey hace tres años siguiendo un sueño que nació del amor.

Dejó Tamazunchale con la esperanza de reencontrarse con su novia, quien había migrado al norte en busca de una mejor vida. Pero el amor no lo esperó. Ella se quedó en Monterrey; él, en el olvido.

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¿Cómo vive Missael hoy a 3 años de haber llegado a Monterrey?

Lo encontramos en el Centro de la ciudad, una mañana fría, con el termómetro marcando ocho grados. Para resguardarse del clima, encendió una pequeña fogata con ropa en desuso. Apenas vestía ropa interior.

Conforme el fuego tomaba fuerza, fue colocándose encima varias capas: shorts, pantalones rotos, prendas que alguien más desechó, pero que para él significaban sobrevivir un día más.

Vivir en la calle no es una elección.

Hay una, cien o mil circunstancias que empujan a una persona a perderlo todo: vínculos, estabilidad, refugio. A cada persona sin hogar la sigue una historia, y muchas veces esa historia permanece invisible.

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¿Qué dijo Missael

POSTA habló con Missael. Amable, tranquilo y conversador, confesó que esta no era la vida que imaginó. Dijo que con el paso del tiempo su estadía en Monterrey se fue transformando, hasta convertirse en lo que hoy es: una persona sin hogar, sin redes de apoyo, durmiendo donde la noche lo alcanza.

Camina las calles del Centro buscando alimento. No molesta, no pide más que pasar desapercibido. Sobrevive.

Entre Miguel Nieto y 5 de Mayo, una zona de alto tránsito vehicular, un automovilista gritó al verlo encender la fogata:

  • —“¡Está iniciando un incendio, es una falta administrativa!”

Minutos después llegaron elementos de la Policía de Monterrey, quienes intentaron trasladarlo a un albergue; Missael se negó.

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También acudió José Luis Arista Delgado, presidente de la Mesa Directiva de la colonia Centro, quien señaló que la presencia de personas sin hogar ha generado inconformidad entre vecinos, quienes temen robos o afectaciones.

Las autoridades apagaron los restos de tela que aún desprendían humo.

Missael siguió hablando.

No alzó la voz. No reclamó. Simplemente, cuando terminó la conversación, se alejó caminando sin rumbo fijo.

Entre todo lo que ha perdido, aún conserva sueños.

Pequeños, pero profundamente humanos: que una joven lo invite al cine, a comer, caminar por las plazas de Monterrey. Sueños que para muchos son cotidianos, pero para él representan esperanza.

¿Qué es lo que más se repite cuando vemos a una persona sin hogar?

No hay cifras exactas, pero sí una constante: la apatía.

Con frecuencia, en lugar de ofrecer un plato de comida caliente o una palabra digna, se elige la queja. Se les ve como estorbo, no como personas.

Cada uno de nosotros tiene la libertad de ayudar… o de seguir de largo.

La diferencia está en la empatía.

Porque nadie está exento.

Y porque una mano extendida, en el momento justo, puede cambiar el rumbo de una vida.

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