Nuevo León

La lluvia espanta a comerciantes ambulantes y golpea sus ventas en Monterrey

Mientras las precipitaciones llenan las presas y reverdecen la ciudad, los vendedores que trabajan a la intemperie enfrentan jornadas sin ingresos, mercancía dañada y pérdidas económicas.


Publicado el

Copiar Liga
Síguenos en Google Discover - POSTA MX
Síguenos en Google Search - POSTA MX

Por:



La lluvia es una bendición para Monterrey y su área metropolitana, pero para quienes viven del comercio ambulante también puede convertirse en una jornada de pérdidas. Basta con que el cielo se nuble y comiencen las precipitaciones para que las banquetas se queden sin algunos de los vendedores que, desde la madrugada, ofrecen sus productos a los transeúntes.

Las lluvias traen beneficios para la ciudad: ayudan a recuperar los niveles de las presas, refrescan el ambiente y devuelven el verdor a los árboles. Sin embargo, para los comerciantes que instalan sus mesas en la vía pública, el panorama es distinto.

Su jornada comienza mucho antes de que el movimiento en el Centro de Monterrey alcance su mayor intensidad. Llegan temprano, acomodan sus mesas, preparan los alimentos y exhiben la mercancía con la esperanza de vender lo suficiente para llevar el sustento a casa.

Pero ¿qué pasa cuando llueve?

POSTA llegó hasta las afueras de la Estación Cuauhtémoc del Metro, donde diariamente se instalan vendedores de tacos, café, pan y otros alimentos que forman parte de la rutina de quienes salen temprano a trabajar o realizar sus actividades.

Para muchos transeúntes, comprar algo de comer en la calle es una parada rápida antes de continuar con sus pendientes. Para los comerciantes, en cambio, cada venta cuenta.

Cuando las precipitaciones comienzan, algunos prefieren no instalarse. Otros alcanzan a colocar sus mesas, pero deben apresurarse a proteger sus productos, recoger sus pertenencias o abandonar el lugar ante el riesgo de que el agua arrastre parte de su mercancía.

imagen-cuerpo

Entre estas historias está la de don Fernando, un comerciante de más de 60 años que, junto con su esposa, prepara y vende donas rellenas y gorditas de azúcar. Sin un techo que lo proteja de la lluvia, tiene que mover constantemente la mesita donde exhibe sus alimentos y el espacio donde calienta las gorditas para evitar que el agua alcance sus productos. Su historia es solo una de las muchas que se viven en Monterrey y el área metropolitana, donde, cuando llegan las lluvias, los comerciantes ambulantes deben ingeniárselas para proteger su mercancía y tratar de no perder las ventas del día.

La consecuencia se refleja directamente en sus bolsillos: menos clientes, productos que ya no pueden venderse y, en ocasiones, la pérdida de lo invertido para preparar los alimentos del día.

A diferencia de otros vendedores que ofrecen paraguas, impermeables, sombreros y artículos que pueden tener mayor demanda durante las lluvias, quienes comercializan comida enfrentan otro desafío. Sus productos pueden mojarse, contaminarse o echarse a perder, lo que representa una pérdida que difícilmente pueden recuperar.

Además, no todos cuentan con estructuras para protegerse del agua. Trabajar sobre una banqueta significa depender de las condiciones del clima y de las posibilidades de resguardar mesas, utensilios y mercancía en un espacio que no siempre ofrece techo.

imagen-cuerpo

Otra de las historias es la de Aurelia, quien vende gorditas y tacos de barbacoa. Acostumbrada a llegar desde las cuatro de la mañana para preparar su puesto y recibir a los primeros clientes, los días de lluvia su rutina cambia por completo. En ocasiones, llega hasta las nueve o diez de la mañana y otras veces prefiere no presentarse, pues sabe que las precipitaciones alejan a los compradores. Para ella, salir a trabajar sin la certeza de vender sus productos también implica un riesgo, ya que detrás de cada jornada hay una inversión y, cuando los clientes no llegan, las pérdidas económicas afectan directamente sus ingresos.

UN DÍA SIN VENTAS TAMBIÉN SIGNIFICA UN DÍA SIN INGRESOS

Para quienes viven de las ventas diarias, no salir a trabajar no necesariamente significa descansar. Puede representar quedarse sin el dinero destinado a cubrir los gastos del hogar y recuperar la inversión realizada para preparar los productos.

La lluvia, entonces, no solo modifica el paisaje urbano y el ritmo de quienes caminan por el Centro de Monterrey. También cambia la dinámica de quienes encuentran en las calles su principal fuente de ingresos.

Así, mientras la ciudad recibe el agua que tanto necesita, los comerciantes ambulantes hacen cuentas, protegen lo que pueden y esperan que el clima les permita regresar a sus puestos.

Porque detrás de cada mesa instalada en una banqueta hay una jornada de trabajo, una inversión y una familia que depende de las ventas. Y cuando la lluvia espanta a los comerciantes y a sus clientes, el golpe no se queda en la calle: llega hasta sus bolsillos.

imagen-cuerpo


Síguenos en Google News