Nuevo León

Lujos del Penal del Topo Chico, un resort del crimen

El Penal del Topo Chico albergó lujos del crimen, con celdas VIP y un bar clandestino; un retrato de la impunidad en Monterrey.

Lejos de ser un espacio de purga judicial, los pasillos del Penal del Topo Chico albergaron una economía paralela y subterránea que operaba a la vista de todos. Foto: POSTA.
Lejos de ser un espacio de purga judicial, los pasillos del Penal del Topo Chico albergaron una economía paralela y subterránea que operaba a la vista de todos. Foto: POSTA.

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Entre pantallas de plasma, barras de bar, saunas y celdas VIP operadas por el crimen organizado, el histórico centro penitenciario de Monterrey operó durante años bajo una surrealista dualidad donde la ley del más fuerte compraba el lujo más obsceno a unos pasos del infierno.

Lejos de ser un espacio de purga judicial, los pasillos del Penal del Topo Chico albergaron una economía paralela y subterránea que operaba a la vista de todos, desatando una bonanza de excentricidades financiadas con extorsiones, sangre y el control absoluto de la población reclusa.

  • Tras su intervención definitiva y posterior clausura en 2019, las autoridades revelaron postales insólitas que mostraban cómo los capos más pesados vivían entre lujos dignos de un hotel boutique mientras, a pocos metros, cientos de rehenes del hacinamiento dormían en el suelo. 
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¿Pantallas gigantes y aire acondicionado en el pabellón de la impunidad?

Las celdas de los líderes de Los Zetas desafiaban cualquier manual penitenciario internacional. Tras las rejas de metal oxidado se ocultaban espacios completamente climatizados con minisplits, pisos de loseta cerámica, televisión por cable y pantallas planas de última generación. En estos aposentos privados, los jefes de plaza sostenían reuniones de negocios ilícitos rodeados de muebles de diseñador, refrigeradores abastecidos con productos prémium y conexiones eléctricas clandestinas que succionaban la energía del penal sin que ningún custodio se atreviera a levantar la voz.

¿Un bar clandestino y jacuzzi privado tras las rejas?

La vida nocturna no necesitaba salir a las calles de Monterrey para encontrar desfogue. Dentro del perímetro de seguridad operaba un bar con barra de madera, surtido con cervezas, licores de alta gama y botanas que se vendían a los internos con sobreprecios exorbitantes. Como si se tratara de un club exclusivo, algunos capos disponían de áreas de hidroterapia equipadas con jacuzzis y saunas personales, transformando el encierro punitivo en una experiencia de relajación financiada por las redes de extorsión telefónica y el narcomenudeo que controlaban desde el interior.

¿La capilla convertida en santuario de la Santa Muerte y centro de vicios?

Los espacios comunitarios también sufrieron una metamorfosis radical bajo el régimen del autogobierno. La capilla católica del penal fue desmantelada espiritualmente para dar paso a un altar monumental dedicado a la Santa Muerte, tapizado de ofrendas, veladoras y efigies que recibían plegarias cotidianas de los sicarios antes de cometer ilícitos. Asimismo, el control de las visitas conyugales y familiares derivó en una red de prostitución y comercio sexual operada por los propios grupos criminales, mercantilizando cada rincón de la subsistencia humana dentro de la prisión.

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¿Cuánto costaba realmente el autogobierno de los lujos?

Mientras un sector minoritario de la población gozaba de privilegios cortesanos, la gran mayoría de los reclusos pagaba una factura mortal. El cobro de "cuotas" obligatorias para poder dormir en una cama, recibir agua potable o simplemente evitar agresiones físicas alimentaba las arcas de los capos, generando una olla de presión que inevitablemente estalló en masacres históricas. El lujo de unos cuantos se sostenía sobre la esclavitud moderna de los presos sin fuero ni protección, demostrando que los muros de Topo Chico no guardaban delincuentes, sino un lucrativo y fallido estado dentro del Estado.

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