VIDEO | El abuso silencioso de los estacionamientos en plazas de Nuevo León
¿Estamos pagando por seguridad o simplemente por el derecho a pisar el suelo de una plaza comercial? Un análisis a fondo sobre el negocio del "no nos hacemos responsables".
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En la capital industrial de México, el éxito se mide por muchas cosas: el corte de la carne, el modelo de la camioneta y, sobre todo, por cuánto estás dispuesto a pagar por un rectángulo de pintura blanca en el suelo.
Ir a una plaza comercial en Nuevo León se ha convertido en un ejercicio de masoquismo financiero donde el cliente, irónicamente, paga por ser ignorado.
Los regios cuestionan las tarifas que pagan por estacionamiento y quienes los operan no se hacen resonsables de daños. Foto: Vianca Treviño
¿La ilusión de la vigilancia?
Entras a la plaza. Una cámara te toma una foto (que solo sirve si tú le pegas a algo, nunca si te pegan a ti). Una pluma se levanta con la elegancia de un aristócrata y un dispensador te entrega un boleto térmico que, en menos de dos horas, valdrá lo mismo que un combo de comida rápida.
El problema no es solo el precio (que ya compite con el costo del barril de petróleo), sino la cláusula de invisibilidad. En el reverso del boleto, ese pedazo de papel se convierte en un escudo de vibranio para la empresa: "La administración no se hace responsable por robos, daños, incendios, terremotos o si un meteorito decide caer exclusivamente sobre tu cofre".
Las empresas que operan los estacionamientos en los diferentes centros y plazas comerciales se deslindan de daños que puedan registrar los vehículos de los clientes. Foto: Vianca Treviño
No es seguridad. Es, esencialmente, el alquiler de un espacio de aire comprimido entre dos líneas amarillas. Si regresas y a tu vehículo le falta un espejo, la respuesta del guardia será un encogimiento de hombros digno de un premio Oscar.
¿El cajón de "cortesía"?
Hablemos del diseño. En las nuevas plazas de Cumbres, Contry o San Pedro, parece que los arquitectos creen que todos conducimos motocicletas o carritos de golf. Los cajones son tan estrechos que bajar del auto requiere habilidades de contorsionista del Cirque du Soleil.
Este diseño no es accidental: entre más cajones quepan, más boletos se imprimen. El resultado es una carnicería de lámina: puertas golpeadas por el vecino, rayones "de cortesía" y espejos que viven en peligro constante. Y recuerda: tú pagaste por ese riesgo.
Un letrero de aviso en un estacionamiento advierte que la empresa no se hace responsable de daños. Foto: Vianca Treviño
¿El laberinto del pago?
Nada pone a prueba el temperamento regio como la máquina de pago. Ese tótem de metal que parece diseñado por alguien que odia a la humanidad:
El detector de billetes: Tiene estándares más altos que una modelo de pasarela. Si tu billete de $50 tiene una arruga microscópica, será escupido con desprecio diez veces seguidas.
El "sin cambio": La máquina decide, justo cuando vas tarde, que ya no tiene monedas. Tu cambio de $5 pesos se convierte en una donación forzada a la empresa.
La validación fantasma: Vas a la tienda, gastas $2,000 pesos, pides que te sellen el boleto y la máquina te dice: "Boleto no válido". Bienvenido a la fila de informes, donde perderás otros 20 minutos de tu vida.
Los usuarios de estacionamientos también se quejan que las máquinas no devuelven cambio y se quedan con las monedas. Foto: Vianca Treviño
Aquí es donde entra la parte seria. Aunque el boleto diga que no son responsables, la Ley de Protección al Consumidor y diversos reglamentos municipales sugieren lo contrario. Al cobrar una tarifa, se establece una relación contractual de custodia.
Sin embargo, las empresas juegan al cansancio. Saben que nadie va a contratar a un abogado de 5 mil pesos para reclamar un espejo de mil 200 pesos. Es el crimen perfecto: un micro-abuso multiplicado por miles de usuarios diarios.
Al usar un estacionamiento de una plaza comercial, es importante guardar muy bien el boleto. Foto: Vianca Treviño
¿El Regio que no se deja, pero paga?
Seguimos llenando los centros comerciales porque el calor de 40°C no nos deja otra opción de esparcimiento.
Pero la próxima vez que esa pluma se levante, recuerda que no estás entrando a un lugar seguro; estás entrando a un territorio sin ley donde tu única garantía es que, al salir, tu cartera pesará unos cuantos billetes menos.
Si el boleto de estacionamiento fuera un contrato de seguros real, tendría el deducible más alto de la historia: tu dignidad.
¿Qué podemos hacer?
Toma foto al boleto: Si se te pierde, te cobran la "reposición", que usualmente cuesta lo mismo que el enganche de un departamento en San Jerónimo.
Revisa tu carro antes de salir: Si cruzas la pluma, legalmente ya "aceptaste" que tu carro salió perfecto.
Exige el seguro: Por ley en Nuevo Le+pn, el cobro implica una custodia. Si el boleto dice "No nos hacemos responsables", es una cláusula abusiva que puedes reportar ante PROFECO.