VIDEO | La labor de un perito de investigación de campo de la Fiscalía de Nuevo León
Entre trajes de bioseguridad, jornadas de más de diez horas y la crudeza de enfrentar escenarios desgarradores, los peritos de investigación de campo en Nuevo León sostienen el peso de la justicia; transforman cada rastro invisible en una prueba irrefutable ante los tribunales y demuestran que, antes de ser analistas forenses, son seres de carne y hueso con vocación de hierro.
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Cuando la cinta amarilla cruza una calle y corta la respiración de una colonia en Nuevo León, el caos exterior contrasta con el silencio absoluto que impera en el equipo de los peritos forenses.
Detrás de cada reporte que ingresa a la corporación —un promedio de cuarenta diarios que van desde robos a casa habitación hasta secuestros, homicidios y muertes violentas— se esconde un ejército invisible que no descansa. Sin embargo, la estadística fría de las cifras contrasta con la realidad humana de quienes cargan con el peso de la muerte y el dolor ajeno para buscar una respuesta a los vacíos que deja el delito.
¿Qué se siente cruzar la línea donde la vida se detiene y comienza el misterio?
Para Griselda García Aguilar, perito en el área de criminalística de campo de la Fiscalía de Nuevo León, la labor comienza mucho antes de pisar el terreno.
Principalmente nosotros acudimos al lugar de intervención de algún hecho delictivo y lo primordial es la recolección de indicios que puedan estar relacionados con cierto delito.
Griselda García Aguilar - Perito en el área de criminalística de campo de la Fiscalía de Nuevo León
La labor de un perito forense en Nuevo León exige concentración absoluta y sacrificio personal. Bajo estrictos protocolos, transforman el dolor y el caos de una escena delictiva en la verdad científica que guía la justicia estatal. Foto: Vianca Treviño
Pero llegar ahí implica una transformación mental inmediata. El protocolo exige concentración absoluta desde el instante en que reciben el aviso en la central: hay que anticiparse, mentalizarse para lo que van a ver y enfocar la mente en lo que se busca, sabiendo que cada escenario —ya sea un espacio cerrado, una zona abierta o el interior de un vehículo— presenta desafíos completamente distintos.
El trabajo de campo es riguroso, quirúrgico y profundamente desgastante. Al llegar, lo primero es una observación preliminar para trazar los perímetros de seguridad: la zona crítica, la de incidencia y la de protección.
Debajo de los trajes de bioseguridad, los guantes de nitrilo, el calzado especial, los gorros y los cubrebocas, hay personas sudando, conteniendo la respiración y extremando precauciones para no alterar ni un ápice el entorno.
Detrás de la cinta amarilla, un equipo invisible procesa escenarios desgarradores en Nuevo León. Los peritos de campo combinan rigor científico, principio de intercambio y resiliencia mental para darles voz a quienes ya no pueden hablar. Foto: Vianca Treviño
“Es imposible que un criminal no deje un rastro en el entorno donde actuó, ni que tampoco se lleve algo del lugar de intervención consigo”, explicó García Aguilar al evocar el principio de intercambio de Locard.
Es ahí donde la ciencia se vuelve minuciosa: una fibra de ropa atrapada en un mueble, un diminuto fragmento de vidrio, huellas lofoscópicas latentes o un casquillo percutido se convierten en tesoros silenciosos que narran la verdad de lo ocurrido.
El costo invisible de buscar la verdad: cuando la mente también necesita resguardo
La sociedad suele imaginar el trabajo pericial como una secuencia de pasos técnicos fríos e impersonales. No obstante, la realidad emocional de los peritos es compleja. Una diligencia que se proyecta para durar una hora puede extenderse durante diez horas continuas o prolongarse hasta el amanecer del día siguiente.
Tras el procesamiento minucioso en la escena —que incluye fijación fotográfica forense, levantamiento topográfico y videográfico antes de tocar cualquier cuerpo u objeto— el trabajo continúa en la oficina.
Allí se redactan las crónicas detalladas, se completa el embalaje metódico y se estructuran las cadenas de custodia que garantizan que un indicio se convierta en una prueba válida ante un tribunal.
Y el tiempo pasa. Y con los años, el cuerpo y la mente se adaptan a presenciar lo impensable.
Al pasar el tiempo uno a lo mejor no va a sonar como que muy grato, pero uno se va acostumbrando a cubrir ese tipo de eventos.
Griselda García Aguilar - Perito en el área de criminalística de campo de la Fiscalía de Nuevo León
La labor de un perito forense en Nuevo León exige concentración absoluta y sacrificio personal. Bajo estrictos protocolos, transforman el dolor y el caos de una escena delictiva en la verdad científica que guía la justicia estatal. Foto: Vianca Treviño
Es un proceso de asimilación donde la dureza del entorno obliga a blindar las emociones. Sin embargo, tras la coraza profesional hay un ser humano. Por ello, la institución cuenta con el respaldo de atención psicológica para cuando el impacto de los casos sobrepasa la barrera de lo tolerable y es necesario nivelar las emociones.
Cubrir la totalidad del territorio de Nuevo León —desde el área metropolitana hasta los rincones más alejados del estado— implica traslados largos, guardias interminables y un sacrificio personal constante.
Al final del día, cuando los peritos presentan sus informes detallados y desfilan los indicios ante un juez en un juicio oral, demuestran que su labor no es solo recopilar objetos, sino devolverle la dignidad a la verdad y darles voz a quienes ya no pueden hablar, sosteniendo sobre sus hombros el delicado equilibrio entre la ciencia y la justicia.