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Por supuesto que en la política también existe el migajero o la migajera. En la política, esta figura no milita, no milita ideas, administra cercanías, no construye poder, lo merodea, vive de gestos, de llamadas, de invitaciones, de silencios oportunos. Su capital de la convicción es la lealtad malentendida.
El migajero no exige reglas claras porque eso incomoda, prefiere el favor porque el favor se negocia, la crítica le parece traición y la institucionalidad un estorbo.
Aplauden que el proyecto esté vacío y aunque el discurso esté desgastado. Ese tipo de personajes no aparecen por generación espontánea, los produce el poder personalista, liderazgos que convierten los derechos en concesiones y la cercanía en moneda de cambio. Ahí la obediencia vale más que cualquier capacidad y el silencio más que el criterio.
Lo vimos en Estados Unidos con Donald Trump, donde la lealtad se colocó por encima de la ley y en México en un modelo donde muchos aprendieron que estar dentro importa más que tener razón.
El problema no es solo quien manda, es el ecosistema que lo rodea, un sistema lleno de migajeros y de migajeras que no corrigen los errores, pero cuando el poder cambia de manos, cuando se acaba el aplauso y se cierran las puertas, el migajero necesariamente quedará fuera.