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Fer Bustos: Mundial 2026, cuando la política pesó más que el futbol

El Mundial 2026 dejó claro que el futbol también está marcado por la política, con decisiones migratorias y diplomáticas que influyeron dentro y fuera de la cancha.


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Copiar Liga
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El buen espectáculo tiene una misión muy sencilla: hacer que, por un momento, nos olvidemos de la realidad. De los problemas de allá afuera. Y pocos espectáculos son tan eficaces para lograrlo como el futbol. Ni qué decir del Mundial.

Pero esta Copa ha demostrado algo interesante, que pese a la opinión generalizada que cree que el futbol y otros espectáculos no deberían de politizarse, la realidad es que todos los fenómenos sociales, incluido el Mundial, están ya politizados. Todo está atravesado por la política, aun cuando la gente quiera desentenderse de ella.

Y este Mundial ha sido la prueba. Ahí está la selección de Irán que durante su participación tuvo que hospedarse en Tijuana y cruzar la frontera cada vez que disputaba un partido en Estados Unidos. Su capitán incluso denunció que las condiciones parecían diseñadas para desgastar al equipo.

A eso se suma la madre del portero de Cabo Verde, que no pudo asistir al debut mundialista de su hijo por las restricciones migratorias impuestas por la administración de Trump, los jugadores de Senegal tratados como sospechosos al llegar al país, o el árbitro somalí Omar Artan, interrogado durante once horas y finalmente deportado pese a contar con una visa válida.

Y ni qué decir de todos los aficionados que no pudieron asistir a partidos por problemas de visados.

Guy Debord decía que el espectáculo no consiste simplemente en un conjunto de imágenes, sino en una forma de organizar la realidad. Por eso, durante años, eventos masivos como el Mundial y los Juegos Olímpicos han servido para limpiar la imagen de diferentes gobiernos.

Qatar fue quizá el ejemplo más claro. Pero este Mundial parece responder a un orden distinto. La administración de Trump no ha usado esta copa para hacer un lavado de imagen y parecer un gobierno más amigable y hospitalario sino todo lo contrario.

Aquí no se trata de sportswashing sino de usar a la misma FIFA para mandar un mensaje al resto del mundo: que ni siquiera un evento de esta magnitud modifica las decisiones de Estados Unidos.

Que las decisiones migratorias no se flexibilizan ni siquiera para futbolistas, árbitros o familiares de quienes participan en el torneo. Que ni la FIFA, probablemente la organización deportiva con mayor poder económico del planeta, tiene la capacidad de modificar esas reglas.

El Mundial del 2022 intentaba convencer al mundo de algo mediante el espectáculo. Hoy el espectáculo del Mundial sirve para recordarle al mundo quién tiene el poder. No importa si eso genera críticas.

No importa si afecta la logística del torneo o provoca tensiones diplomáticas. El mensaje de esta copa de futbol, que en esencia pretende unir naciones, esta vez está completamente domando por Donald Trump, que no busca ser amigable sino autoritario.

Hoy ya no se trata de maquillar la realidad a través del espectáculo. El propio espectáculo se ha convertido en el mensaje político.


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