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Cada vez es más difícil encontrar espacios libres de publicidad. Antes por lo menos sabíamos dónde estaban los anuncios: en espectaculares, revistas, periódicos o en los cortes comerciales de la televisión.
Hoy están en todas partes. En las calles, en conciertos, en redes sociales, podcasts, videos de YouTube, en los correos electrónicos que recibimos, en las aplicaciones que usamos. Están casi en todos lados.
Tan es así que quizá los libros sean de los pocos espacios de cultura y entretenimiento que todavía permanecen relativamente libres de anuncios y marcas. Todo lo demás parece haber sido conquistado por ellas.
No sólo están en casi todos lados sino que incluso tienen el poder de modificar la forma en que sucede la cultura, el entretenimiento e incluso el deporte.
Quizá el mejor ejemplo es “la pausa de hidratación” introducida por la FIFA para este Mundial. Durante años los equipos habían jugado dentro de una estructura que parecía inamovible y que ahora se cambia, seamos honestos, no como la FIFA ha dicho, para que ante las altas temperaturas los jugadores puedan hidratarse, sino como ya todos sabemos y lo hemos visto, para que pueda haber más comerciales durante un partido.
En todo este tiempo las reglas no han cambiado a petición de las necesidades de los jugadores y ahora han cambiado con tal de crear nuevos espacios que puedan ser vendidos a las marcas.
La publicidad ya no se conforma con aparecer dentro de los espacios que habitamos sino que tiene el poder de transformarlos.
Antes si no querías anuncios mientras veías televisión, contratabas televisión por cable. Después llegaron las plataformas de streaming prometiendo algo parecido. Pero hoy incluso pagando seguimos viendo publicidad. Pagamos plataformas de streaming que después inventan nuevas categorías premium para quitarnos anuncios que la suscripción anterior ya debía haber eliminado.
Ya no sólo pagamos por acceder al contenido. También pagamos para defendernos de la publicidad que aún así sigue encontrando la forma de entrar: la pantalla se hace más pequeña mientras aparece un patrocinador.
La transmisión se divide. El comentarista integra menciones comerciales en medio del partido. El product placement aparece dentro de series y películas. Incluso la mayoría de los correos electrónicos que recibimos todos los días son intentos de vendernos algo.
Cada vez nuestra realidad se parece más al episodio de Black Mirror “15 millones de méritos”: personas atrapadas frente a pantallas que les arrojan imágenes permanentemente donde la única solución para dejar de verlas, no es ni si quiera cerrar los ojos sino forzosamente pagar por dejar de verlas. Y si no tenemos cuidado, justo así terminaremos.
Si seguimos avanzando en la dirección que vamos, pronto no quedarán lugares libres de anuncios. Hemos normalizado estar rodeados de marcas y mensajes que buscan vendernos algo a toda hora. Y quizá por eso ya ni siquiera nos preguntamos si deberían existir espacios protegidos de la publicidad. Lugares donde nuestra atención no sea una mercancía.
Lugares donde simplemente podamos estar sin que alguien intente vendernos algo. Otro mundo es posible. Uno donde no todo espacio tenga que monetizarse y donde las personas no seamos vistas únicamente como consumidores a los que hay que mantener comprando.