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La novela Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, ganó el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat: 20000 euros. Sin embargo según un reportaje de El País, la novela fue escrita, en un 99% con inteligencia artificial.
El autor niega haber utilizado inteligencia artificial. Y aunque El País realizó distintas pruebas, publicó la investigación sin haber conseguido hablar directamente con él. Pero hay otra pregunta: ¿por qué someter una novela premiada a un detector de inteligencia artificial?
¿Vamos a empezar a hacer lo mismo con todos los libros, las fotografías o los composiciones que ganen premios?
Y el caso me parece interesante por otra razón. Al tiempo que comenzamos a utilizar programas para decidir si algo fue hecho por una persona o por una máquina, está ocurriendo algo curioso en otros lugares. Por ejemplo, para Blue Planet III.
La tercera entrega de su famosa serie documental sobre la vida en los océanos, la BBC decidió conservar imágenes que antes probablemente habría descartado. Agua turbia, partículas flotando, barcos apareciendo en el fondo ¿Por qué? Porque en tiempos de inteligencia artificial, una imagen demasiado perfecta puede empezar a parecernos falsa.
Y esto mismo empieza a suceder con la escritura. Una frase demasiado limpia, una estructura demasiado correcta, un texto donde todo parece perfectamente colocado, puede provocar inmediatamente la sospecha de que fue hecho con ChatGPT.
Y esto nos lleva a un momento bastante extraño. Durante años corregimos errores, visuales y gramáticales, limpiamos imágenes y perfeccionamos textos para que una obra pareciera mejor. Era lo que se buscaba. No obstante ahora algunas de esas irregularidades empiezan a convertirse en señales de autenticidad.
En tiempos de inteligencia artificial, cuando las máquinas pueden entregarnos imágenes impecables y textos perfectamente redactados, parece que estamos comenzando a valorar precisamente aquello que antes intentábamos eliminar: las imperfecciones propias del ser humano.