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¿Te has fijado en que decir “no tengo tiempo” casi se ha convertido en una forma de presumir? Es que traigo mil cosas. No he parado. Duermo cuatro horas. Lo decimos como quien presume un carro nuevo. Y esto tiene una historia.
En 1899, el sociólogo y economista Thorstein Veblen escribió La teoría de la clase ociosa. Su idea era bastante sencilla: Durante mucho tiempo, una de las formas más evidentes de demostrar que tenías dinero era no tener que trabajar.
El rico podía darse el lujo de tener tiempo libre. Podía pasar el día sin producir nada. Y precisamente por eso su ocio era una señal de estatus. Pero algo cambió. Y resulta que hasta eso tiene nombre.
En 2017, investigadores de Harvard, Georgetown y otras instituciones estudiaron justamente esta idea: la falta de tiempo como símbolo de estatus. Encontraron que las personas tienden a percibir como más exitosos, competentes y ambiciosos a quienes parecen estar muy ocupados.
Es decir: estar hasta la madre de trabajo puede hacerte parecer importante. Y aquí viene lo interesante. Tenemos datos que cuentan una historia bastante distinta de la que solemos repetir.
Los investigadores John Robinson y Geoffrey Godbey llevan décadas estudiando cómo usamos nuestro tiempo mediante diarios en los que la gente registra qué hace durante el día. Y sus investigaciones encontraron un aumento del tiempo disponible para actividades no laborales respecto de décadas anteriores.
Entonces…
¿por qué sentimos que no tenemos tiempo? Porque una cosa es tener tiempo y otra muy distinta es sentir que tienes permiso para usarlo. Y ahí está la trampa. Descansar parece sospechoso. Estar disponible parece improductivo.
Decir “hoy no hice nada” casi exige una explicación. En cambio, decir: Estoy saturadísima. Traigo cinco proyectos. No he dormido. Eso sí suena a que estás haciendo algo con tu vida.
Y quizá por eso hemos convertido la falta de tiempo en una especie de moneda social. Antes el lujo era decir mira todo lo que puedo comprar. Ahora puede ser, mira todo lo que no puedo hacer porque soy muy importante.
Y quizá aquí deberíamos preguntarnos algo incómodo:
¿Realmente estamos tan ocupados? La próxima vez que alguien te pregunte qué vas a hacer hoy? Puedes decir: Nada. Y aguantar el silencio.
Porque quizá el verdadero lujo, ahora, no sea tener dinero para comprar cosas. Sea tener tiempo… y no sentir que tienes que justificarlo.