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Cuando la experiencia del empleado se convierte en ventaja competitiva
En un mercado laboral tan desafiante, competido y retador como el de Nuevo León, la experiencia del colaborador ha dejado de ser un tema de accesorio o de moda.
Iniciamos un nuevo año en el que, si bien algunas condiciones del entorno han cambiado, la realidad es que la competencia por el talento en la industria del noreste de México continúa siendo uno de los principales retos que enfrentan las empresas establecidas en esta región del país.
En particular, Nuevo León ha concentrado en los últimos meses grandes proyectos de inversión que han incrementado la demanda de talento operativo, técnico y administrativo. Este escenario ha obligado a que los procesos de reclutamiento y retención se muevan a ritmos acelerados, privilegiando en muchos casos la transaccionalidad por encima de la experiencia del colaborador, un factor que al final resulta determinante para que una persona decida dónde quiere trabajar y, sobre todo, dónde quiere permanecer.
El concepto de Employee Experience (experiencia del colaborador) ha evolucionado de manera significativa. Hoy ya no es suficiente ofrecer un sueldo competitivo y un paquete de beneficios atractivo, ni tampoco enfocarse únicamente en mantener un ambiente laboral “adecuado”. Estos elementos se han convertido en expectativas básicas del trabajador y han dejado de percibirse como un diferenciador.
Por ello, las organizaciones deben entender que la experiencia del colaborador se construye a partir de cada interacción que existe en la relación entre la empresa y su gente, desde el primer contacto hasta el último día de trabajo.
Para lograrlo, es indispensable tener claridad sobre el Employee Full Cycle, es decir, el ciclo completo del colaborador dentro de la organización. ¿Cuántas veces hemos sido testigos de nuevos ingresos que abandonan la empresa a los pocos días o semanas? ¿O de colaboradores talentosos que, aparentemente de la noche a la mañana, deciden irse sin previo aviso? En muchos casos, estas salidas no son tan inesperadas como parecen; son el resultado de procesos mal diseñados o ejecutados a lo largo del tiempo.
La experiencia comienza desde el reclutamiento. Promesas que no se cumplen, información incompleta sobre condiciones de trabajo y un proceso ineficiente generan una brecha entre expectativa y realidad que afecta la confianza desde el inicio. A esto se suma, en muchos casos, un onboarding caótico y sin estructura, donde el colaborador no recibe la capacitación ni el acompañamiento necesarios para integrarse de forma adecuada. Este arranque deficiente suele marcar el resto de la relación laboral.
Conforme avanza el ciclo, la falta de retroalimentación, reconocimiento y compensación acorde al desempeño por parte de los líderes termina por desgastar al talento. A esto se suma una baja preocupación por el balance de vida del trabajador, normalizando jornadas extensas, poca flexibilidad y una presión operativa constante. Todo ello impacta directamente en el compromiso, la motivación y, eventualmente, en la decisión de abandonar la organización.
Sin duda, la experiencia del colaborador no se gana con grandes discursos ni se pierde en un solo evento; se construye y se deteriora en el día a día. Por ello, es fundamental que los líderes de las organizaciones trabajen de manera coordinada con las áreas de Capital Humano para asegurar congruencia en todo el entorno laboral.
No siempre es necesario realizar inversiones financieras desproporcionadas. En muchas ocasiones, acciones simples como una comunicación clara, reconocimiento oportuno y cercanía genuina de los líderes con sus equipos pueden marcar una diferencia significativa.
En un mercado laboral tan desafiante, competido y retador como el de Nuevo León, la experiencia del colaborador ha dejado de ser un tema de accesorio o de moda. Hoy es una ventaja competitiva clave para el logro de los objetivos organizacionales y para la sostenibilidad de las empresas en el largo plazo.




