Denisse Herández Ledezma

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Denisse Herández Ledezma: Presentes pero no siempre vistas

Mi hija tiene dos años y ya sabe decir que no...



Mi hija tiene dos años y ya sabe decir que no, lo dice cuando algo no le gusta, sin pedir permiso ni esperar el visto bueno de nadie y a veces ese “no” incomoda a alguien más: no siempre quiere saludar de beso, no siempre quiere que la carguen y ya nos ha tocado ver la cara de sorpresa de más de una persona.

Hay algunos “no” que le explicamos que son por su bien, porque criar también es eso, pero los que sí podemos respetar, los respetamos, aunque incomoden, porque ahí, en ese no de dos años, se empiezan a construir las bases de algo que después va a tener que defender toda su vida: el derecho a ocupar espacio sin pedir perdón por hacerlo.

Ese derecho, resulta, sigue sin estar resuelto para las mujeres que ya somos adultas. Este 2026 México entró al Top 10 mundial de liderazgo femenino: 40.5% de los puestos de alta dirección del país los ocupa una mujer, casi 8 puntos arriba del promedio global, según el informe de Salles Sainz Grant Thornton.

Es una cifra para celebrar, pero en el mismo año el ranking Thought Leaders 100 México, que mide quién influye de verdad en la conversación pública, registró una caída en la presencia femenina. Dos datos que deberían moverse juntos y no lo están haciendo.

El propio reporte de Thought Leaders lo explica sin rodeos: la influencia de un CEO ya no depende del tamaño de su empresa ni de sus ingresos, sino de su capacidad de comunicar con claridad, sostener una narrativa propia y participar activamente en el debate público.

Ahí hay una distinción que vale la pena marcar, porque una cosa es estar en la silla y otra muy distinta es ser vista, citada, buscada como referente. La primera se gana con resultados, la segunda se gana en espacios que no siempre están diseñados para que la ganemos.

Yo llevo peleando esa segunda batalla desde los 23 años. Este año mi agencia de mercadotecnia cumplió 11 y todavía recuerdo lo que significaba entonces poner un contrato de servicios sobre la mesa frente a un cliente que me veía como "la muchachita", el "sí, mijita" que precede a que nadie tome en serio lo que estás cobrando.

Once años después, con trayectoria, con clientes, con el peso de lo que he aprendido gestionando crisis reales, la duda no desapareció del todo, sigue ahí, más silenciosa pero sigue ahí.

Y no es solo cuestión de currículum, el debate público del que habla el reporte casi nunca pasa por una conferencia o una entrevista, pasa la mayoría de las veces por una sala mucho más informal: la salida de amigos a cerveza donde se cierra un trato antes de que exista la junta oficial, la partida de golf que es networking disfrazado de deporte.

Esos espacios también son el debate público, solo que no fueron construidos pensando en que nosotras estuviéramos ahí. No es que falte mérito, es que el mérito no siempre tiene la dirección correcta.

Hoy dirijo tres negocios en paralelo, además de ser mamá y esposa. Sí delego, sí suelto y no porque sea fácil, sino porque entendí que mi valor no está en estar en todos lados sino en dirigir con criterio a quienes sí están y eso solo se puede si conoces tu negocio al cien por ciento: tu giro, tu competencia, el perfil de cada cliente, cómo hablarle a cada uno. Ese conocimiento es lo que te permite confiar sin miedo.

Ahí está la primera batalla resuelta, sé estar, sé dirigir sin operar todo. Ser vista es otra cosa y tiene precio. Les seré súper honesta: me gusta la visibilidad, hablar en público es de lo que mejor sé hacer, pero sé que cuesta: no a todo el mundo le gusta que otra persona brille, y menos si esa persona es mujer y lo dice sin pedir permiso.

Aun así he decidido no tenerle miedo a incomodar, ni organizar mis decisiones alrededor de lo que la gente vaya a pensar. Steven Bartlett lo explica en The Diary of a CEO con una idea que me quedé pensando: la incomodidad no es una señal de que algo va mal, es una brújula, casi siempre apunta hacia donde sí importa moverse. Y es quizás la parte más difícil de dirigir cualquier cosa.

Si algo he aprendido en once años es que a las que dirigimos no nos falta mérito, currículum ni resultados. Nos falta, muchas veces, permiso propio para ocupar el lugar que ya ganamos, así que aquí van cuatro cosas que le diría a cualquier mujer que todavía está operando en lugar de dirigir:

1.     Conoce tu negocio al cien por ciento antes de soltar cualquier pieza. No se delega lo que no dominas, se delega lo que ya puedes explicar con los ojos cerrados.

2.     Construye presencia pública aunque no se sienta natural al principio. Una columna, una entrevista, un post con postura real, no de algoritmo, a la vez. La visibilidad se entrena, no aparece sola.

3.     Si no te invitan a la mesa informal, créala tú. El café, el desayuno, el grupo, el trato también se cierra ahí y nadie dijo que esos espacios fueran exclusivos de quien los inventó.

4.     Documenta tu trayectoria como evidencia, no como presunción. Años, clientes, cifras, casos resueltos, la duda se combate con récord, no con confianza forzada.

A mi hija todavía le quedan años antes de entender qué significa dirigir un negocio, delegar o pagar el costo de la visibilidad pero ya sabe decir que no y aunque a veces ese “no” incomode a alguien más, cuando es un no que se puede respetar, se respeta.

Porque el liderazgo no empieza en una junta directiva ni en un ranking de influencia, empieza ahí, en la confianza de que tu voz vale aunque incomode. Si algo quiero que herede de mí no son mis tres negocios ni los años de trayectoria, es eso: que no le tema a incomodar, que no organice su vida alrededor de lo que la gente vaya a pensar y que si un día no la invitan a la mesa, aprenda, como yo tuve que aprender, a crear la suya.


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