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El cinismo

Esta acción se usa con ligereza sin saber que el concepto tiene detrás una carga histórica y una fuerte incomodidad.


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El cinismo es una palabra que usamos con ligereza: “Es una cínica”, decimos, pero ese concepto carga siglos de historia y una incomodidad moral muy profunda. Porque no es simplemente descaro. Es algo más inquietante. Es la ruptura entre lo que se sabe y lo que se hace.

Desarollo

El término viene del griego kynikós, que significa perruno o parecido a un perro. Y surgió en la Antigua Grecia para describir a los seguidores de la escuela filosófica de Antístenes y Diógenes, quienes vivían de forma austera, despreciando las convenciones sociales y materiales, imitando la vida libre y sin vergüenza de los perros.

Team Diógenes bien recio

Pero aquellos cínicos originales defendían una vida austera, libre de convenciones sociales, y despreciaban la hipocresía del poder y las normas artificiales.

Vivían con lo mínimo y exhibían su rechazo al artificio como un acto ético. El cinismo, en su origen, era una forma extrema de coherencia: si la sociedad es falsa, entonces yo no jugaré su juego.

Pero todo valió riel. Hoy llamamos cinismo a la actitud de quien reconoce la injusticia, la mentira o la corrupción… y aun así participa en ellas sin remordimiento.

Cinismo es el funcionario que habla de austeridad mientras se aumenta el sueldo, el empresario que promueve “responsabilidad social” mientras explota, el político que promete sabiendo que no cumplirá.

Si el cínico antiguo desnudaba la hipocresía, el cínico moderno la administra, la hace parte de su estrategia política.

El cinismo en ellos es una anestesia ética

Paradójicamente, el antídoto contra el cinismo no es la ingenuidad, sino una forma más exigente de esperanza.

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Aquella que reconoce la corrupción, pero decide actuar de todos modos; que sabe que el sistema falla, pero no renuncia a intervenir; que acepta la fragilidad humana sin convertirla en excusa permanente.

Tal vez la diferencia crucial no sea entre ingenuos y cínicos, sino entre quienes usan la lucidez para justificar la inacción y quienes la usan para asumir responsabilidad.

El cinismo gana cuando comenzamos a creer que no vale la pena intentar. Intentémoslo, porque si ellos son cínicos, nosotros podemos ser tercas. Tercas para no normalizar la injusticia. No dejemos que su burla nos robe la convicción.

Porque intentar, incluso cuando parece inútil, es una forma de resistencia. Y resistir, en tiempos de cinismo, es el acto más radical que nos queda.

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