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Hugo Ontiveros: ¿Debería méxico prohibir las redes sociales a los menores?

Hay debates que llegan tarde...

Perspectiva de Hugo Ontiveros. Foto: POSTA Mx.
Perspectiva de Hugo Ontiveros. Foto: POSTA Mx.

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Hay debates que llegan tarde. Y hay otros que llegan justo cuando todavía estamos a tiempo de hacer algo. El uso de teléfonos celulares y redes sociales por parte de niñas, niños y adolescentes pertenece a la segunda categoría.

México comenzó a discutir con seriedad un tema que durante años dejamos crecer sin cuestionamientos. Hoy vemos a bebés entretenidos con una pantalla antes de aprender a hablar. Niños que dominan TikTok antes que saber hablar. Adolescentes que pasan más tiempo con influencers que con sus propios maestros. Y aunque esta realidad ya forma parte de nuestra vida cotidiana, eso no significa que debamos aceptarla sin reflexión.

Las nuevas generaciones son, por definición, nativos digitales. Nacieron en un mundo conectado. Para ellos, internet no es una herramienta; es una extensión de su realidad. Son rápidos, intuitivos y extraordinariamente hábiles para navegar en plataformas que muchos adultos apenas entienden. Negar esa realidad sería absurdo.

Sin embargo, reconocerla tampoco significa renunciar a cualquier tipo de regulación o acompañamiento. La verdadera pregunta no es si los menores deben usar tecnología. La pregunta es cómo, cuándo y bajo qué condiciones.

¿A qué edad es conveniente entregar un teléfono inteligente? ¿Cuántas horas al día deberían pasar frente a una pantalla? ¿Qué contenidos son adecuados para cada etapa de desarrollo? ¿Quién debe vigilar que eso ocurra?

Y es aquí donde comienza el verdadero debate.

Hay quienes sostienen que el problema es exclusivamente de los padres de familia. Que ninguna ley sustituirá la responsabilidad de educar. Que corresponde a madres y padres supervisar horarios, contenidos y hábitos digitales. Tienen razón.

Pero también es cierto que las familias están enfrentando una maquinaria tecnológica diseñada por algunas de las empresas más poderosas del planeta. Plataformas construidas para captar atención, generar dependencia emocional y mantener a los usuarios conectados el mayor tiempo posible. Por eso la discusión no puede quedarse únicamente dentro de las casas.

Quizá llegó el momento de preguntarnos si el gobierno mexicano debería construir acuerdos con empresas como TikTok, Instagram, Facebook o YouTube para fortalecer mecanismos de protección infantil. No se trata de censurar ni de limitar libertades. Se trata de reconocer que existen contenidos que afectan el desarrollo emocional, la autoestima, la percepción de la realidad e incluso la salud mental de millones de jóvenes.

La evidencia científica también ha comenzado a encender focos amarillos. Diversos estudios han relacionado el exceso de pantallas con alteraciones del sueño, disminución en la capacidad de atención, ansiedad, estrés y dificultades en el aprendizaje. La famosa luz azul emitida por los dispositivos electrónicos altera los ciclos naturales del descanso, especialmente cuando el uso ocurre durante la noche.

No es casualidad que varios países hayan comenzado a actuar.

Australia, por ejemplo, decidió restringir el acceso a redes sociales para menores de 16 años. Otros gobiernos están impulsando regulaciones similares. No porque estén en contra de la tecnología, sino porque entienden que la salud pública también se juega en el terreno digital.

Y entonces aparece la pregunta más incómoda de todas:

¿Se vale prohibir?

¿Se vale regular?

¿Se vale intervenir?

O quizá la pregunta correcta sea otra.

¿Podemos seguir observando el fenómeno sin hacer nada?

Porque mientras discutimos quién tiene la responsabilidad, millones de niños y adolescentes continúan creciendo dentro de un ecosistema digital que cambia más rápido de lo que nuestras instituciones, nuestras escuelas y nuestras familias pueden comprender. No se trata de satanizar la tecnología. Sería un error monumental.

La tecnología ha democratizado el conocimiento, ha conectado personas, ha creado oportunidades y ha transformado el mundo. Pero tampoco podemos caer en el extremo opuesto y asumir que todo avance tecnológico es automáticamente positivo.

La historia demuestra que cada revolución tecnológica exige nuevas reglas sociales. Y quizás hoy estamos justamente en ese momento.

Todavía estamos a tiempo de decidir si seremos una sociedad que acompaña, educa y protege a sus nuevas generaciones en el mundo digital… o una que simplemente les entrega una pantalla y espera que todo salga bien.

La diferencia entre ambas decisiones podría marcar el futuro de México durante las próximas décadas.


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