Hugo Ontiveros
La esfera política
Por: Hugo Ontiveros

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Hugo Ontiveros: El Mundial fue un reflejo de lo que le falta a México

Ya pasaron algunos días desde que México quedó eliminado de la Copa del Mundo.



Ya pasaron algunos días desde que México quedó eliminado de la Copa del Mundo. El torneo sigue su curso, los mejores equipos continúan disputando el campeonato y nosotros volvimos a nuestra realidad. Sin embargo, más allá del resultado deportivo, este Mundial nos dejó una reflexión que va mucho más allá de una cancha de fútbol.

Confieso que me equivoqué.

En columnas anteriores escribí que no esperaba mucho de esta Selección. Como millones de mexicanos, pensé que el límite estaba muy claro y que difícilmente competiríamos contra las grandes potencias. Pero este equipo hizo algo que pocos anticipábamos: nos volvió a ilusionar.

Jugó con carácter, compitió con personalidad y nos hizo creer que era posible llegar más lejos. Y quizá ahí está la primera gran lección: nunca hay que renunciar a la posibilidad de sorprender.

Pero también está la segunda. Y esa, desde mi punto de vista, es mucho más importante.

Cuando terminó la emoción y comenzó el análisis, quedó claro que el esfuerzo, el entusiasmo y el famoso “echale ganismo” tienen un límite. Son indispensables, sí. Sin ellos no se consigue absolutamente nada. Pero tampoco alcanzan para conquistar la cima.

Las selecciones que hoy siguen peleando por el campeonato no llegaron ahí únicamente porque sus jugadores querían ganar más que los demás. Llegaron porque detrás existe un proyecto. Hay formación desde las fuerzas básicas, instituciones sólidas, directivos que piensan a largo plazo, infraestructura, procesos y una estrategia que no cambia cada cuatro años.

Y entonces uno inevitablemente piensa en México.

Porque esa misma lógica aplica para la vida pública.

Como ciudadanos solemos conformarnos con escuchar discursos llenos de buenas intenciones. Aplaudimos al político que promete trabajar más, recorrer más colonias, levantarse más temprano o decir que quiere mucho a su pueblo.

Pero querer no basta.

Gobernar un municipio, un estado o un país exige mucho más que buenas intenciones. Exige talento, capacidad, planeación, equipos preparados y, sobre todo, instituciones fuertes que funcionen sin importar quién esté sentado en la oficina principal.

Los países que avanzan no lo hacen porque tengan políticos más carismáticos. Lo hacen porque entendieron que el desarrollo no depende de héroes, sino de sistemas que producen resultados.

En el fútbol pasa exactamente lo mismo.

No gana el equipo que más grita en el vestidor. Gana el que mejor trabaja durante años.

No levanta la copa quien más promete. La levanta quien mejor ejecuta.

Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja este Mundial. La ilusión siempre será necesaria. Soñar también. Pero si de verdad queremos competir contra los mejores, necesitamos dejar de confiar únicamente en el corazón y empezar a construir inteligencia colectiva.

Porque el verdadero campeonato no se juega cada cuatro años.

Se juega todos los días, cuando decidimos si queremos seguir viviendo de las buenas intenciones o comenzar, por fin, a construir un país donde la estrategia, el talento y las instituciones sean más importantes que los discursos.

Y esa, me parece, es una lección que vale mucho más que cualquier marcador.

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