Hugo Ontiveros: el voto de castigo no avisa, llega
Las elecciones intermedias de Estados Unidos nos dejan una lección que trasciende fronteras...
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Las elecciones intermedias de Estados Unidos nos dejan una lección que trasciende fronteras, partidos e ideologías: en democracia, ningún poder es eterno y ningún gobernante tiene garantizada la lealtad de sus electores.
La victoria de los demócratas, quienes recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso estadounidense, representa un duro golpe para Donald Trump. El mandatario que parecía tener el control de la agenda política ahora enfrentará una segunda mitad de su administración con un Poder Legislativo adverso, que limitará su capacidad de maniobra
Y es que las democracias viven, sienten, evolucionan y se adaptan a las circunstancias de cada momento. Los ciudadanos cambian, sus necesidades también, y quienes no entienden esas transformaciones terminan pagando las consecuencias en las urnas.
Hace tiempo escuché una frase que no es de mi autoría, pero que me hizo mucho sentido: “Con malas políticas públicas y mal carácter obtienes un mal resultado político”.
Donald Trump parece estar experimentando precisamente esa combinación.
Su visión de una nueva política estadounidense, sustentada en una reinterpretación de la Doctrina Monroe y en un nacionalismo cada vez más confrontativo, ha estirado demasiado la liga. Estados Unidos es una nación construida por migrantes, distintas culturas, etnias y nacionalidades. Convertir esas diferencias en motivos de confrontación puede generar rentabilidad electoral en determinados momentos, pero también provoca fracturas sociales y desgastes políticos.
No lo planteo desde una posición ideológica de izquierda o derecha. Lo digo desde el análisis político: cuando la confrontación sustituye a los resultados, tarde o temprano la ciudadanía pasa la factura.
En mi experiencia como politólogo he observado que los desgastes políticos suelen acumularse durante varios periodos. Sin embargo, pueden acelerarse cuando los gobiernos dejan de escuchar, cuando las políticas públicas no generan beneficios tangibles y cuando la soberbia se convierte en una forma de ejercer el poder.
Lo ocurrido en Texas merece una reflexión particular.
Durante más de tres décadas, el Partido Republicano mantuvo el control de la gubernatura de uno de los estados más importantes de la Unión Americana. Hoy, Gina Hinojosa hizo historia al convertirse en la primera gobernadora latina de Texas, derrotando al republicano Greg Abbott y demostrando que incluso los bastiones electorales aparentemente inexpugnables pueden cambiar de manos.
Otro caso interesante es el de Bobby Pulido, quien consiguió derrotar a la republicana Mónica de la Cruz en el Distrito 15 de Texas. Su campaña logró conectar con las preocupaciones de las familias del sur del estado, particularmente con el costo de vida, la economía y las necesidades de las comunidades hispanas.
Ambos casos dejan una enseñanza fundamental: no basta con tener una estructura partidista, recursos económicos o una marca política poderosa. Hay que entender al electorado, conocer sus necesidades, interpretar sus emociones y comunicar correctamente las soluciones.
Pero hay una reflexión todavía más importante para México y Latinoamérica: nunca debemos subestimar el voto de castigo.
El voto de castigo no surge de la nada. Es la acumulación de inconformidades, promesas incumplidas, necesidades ignoradas y expectativas frustradas. Es la expresión democrática de quienes consideran que sus gobiernos dejaron de representar sus intereses.
Y no necesariamente significa que los ciudadanos se hayan enamorado de otra opción política. Muchas veces significa, sencillamente, que se cansaron de quienes gobiernan.
En México deberíamos observar con mucha atención lo sucedido. Ningún partido, movimiento o liderazgo está exento del desgaste. Ni los que hoy gobiernan con amplias mayorías ni quienes aspiran a recuperar espacios de poder.
La popularidad no sustituye a los resultados. La propaganda no reemplaza a las políticas públicas. Y las estructuras electorales, por más sólidas que parezcan, no pueden contener indefinidamente el descontento social.
El verdadero problema comienza cuando los gobernantes confunden el respaldo electoral con un cheque en blanco. Cuando dejan de escuchar porque creen que siempre tendrán la razón. Cuando se rodean de quienes solamente les aplauden y terminan perdiendo contacto con la realidad de las familias.
Es ingenuo creer que el poder es para siempre. Pero, desafortunadamente, el ejercicio del poder suele cegar a quienes lo tienen.
Las elecciones estadounidenses nos recuerdan que la democracia tiene memoria, pero también mecanismos para corregir el rumbo.
Porque al final, los ciudadanos pueden tolerar errores, diferencias ideológicas e incluso confrontaciones políticas. Lo que difícilmente perdonan es que sus gobiernos dejen de resolver sus problemas.
Y cierro con una reflexión que vale para Washington, para México y
para cualquier rincón de Latinoamérica:
El poder puede hacerte creer que eres invencible, que tu partido es insustituible y que la ciudadanía siempre estará contigo. Pero cuando un gobierno deja de escuchar a su gente, las urnas terminan hablando por ella.
Porque en democracia, el poder no se hereda, no se posee y mucho menos es eterno. El poder se presta, y cuando no se ejerce para servir, el pueblo siempre tiene la última palabra.
Así que, a quienes hoy gobiernan y creen tener asegurado el futuro político, un consejo: pónganse al tiro… porque el voto de castigo no avisa, simplemente llega.