Hugo Ontiveros: En política nadie falla… según los informes
En estos días de septiembre, temporada de informes de gobierno...
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En estos días de septiembre, temporada de informes de gobierno, he reflexionado sobre la forma en que se presenta el ejercicio del poder ante la ciudadanía. Escuchamos a presidentes, gobernadores, alcaldes, hablar de sus resultados como si ocupar un cargo los convirtiera, automáticamente, en personas infalibles.
Durante los informes todo es alegría. Todo marcha bien, las metas se cumplen y las decisiones tomadas parecen haber sido siempre las correctas. Se anuncian inversiones, obras, programas y cifras positivas. Hay aplausos, videos, música, escenarios cuidadosamente diseñados y discursos en los que cada palabra busca proyectar eficiencia, liderazgo y control.
Pero, a pesar de que me dedico a la comunicación política, pocas veces he escuchado a un gobernante decir con honestidad: “Intentamos esto y no funcionó”. “Tomamos esta decisión y no obtuvimos el resultado esperado”. “Nos equivocamos”. “Fallamos”.
Pareciera que estas palabras están prohibidas en el lenguaje político.
No hay espacio para el arrepentimiento, la autocrítica ni la reflexión sobre los errores cometidos. Los informes de gobierno suelen convertirse en una relación de éxitos en la que no existen los tropiezos, los retrasos ni las malas decisiones. Y es precisamente ahí, desde mi perspectiva, donde muchos funcionarios comienzan a perder credibilidad.
La ciudadanía sabe que ningún gobierno es perfecto. Lo sabe porque ninguna familia, empresa, institución ni persona lo es. En cualquier actividad de la vida podemos prepararnos, planear y trabajar con disciplina; sin embargo, siempre existirá la posibilidad de equivocarnos o de enfrentar circunstancias que no habíamos contemplado.
Muchos hemos participado en la iniciativa privada y conocemos esa realidad. Un proyecto puede fracasar, una inversión puede no generar los resultados esperados y una estrategia puede necesitar modificaciones. Eso no significa necesariamente que todo se haya hecho mal. Significa que somos seres humanos tomando decisiones en escenarios complejos.
¿Por qué, entonces, en la política se pretende sostener la ficción de que nunca hay descalabros?
Durante años se ha creído que reconocer una falla representa una señal de debilidad. Existe el temor de que aceptar un error pueda ser utilizado por los adversarios, amplificado en las redes sociales o interpretado como incapacidad. Bajo esa lógica, los gobiernos esconden sus tropiezos, maquillan sus resultados y construyen discursos en los que siempre aparecen como vencedores.
Sin embargo, la ciudadanía ha aprendido a identificar esas narrativas. Cuando el discurso oficial asegura que todo está bien, pero la realidad cotidiana muestra calles deterioradas, problemas de seguridad, falta de agua, deficiencias en los servicios públicos o dificultades económicas, se produce una ruptura. Y cuando esa distancia entre el discurso y la experiencia de las personas crece, también se pierde la confianza.
Como consultor en comunicación política, estoy convencido de que humanizar a un gobernante no consiste únicamente en mostrarlo comiendo en un mercado, conviviendo con su familia, llevando a sus hijos a la escuela o saludando a la gente en las calles. La verdadera humanización también implica reconocer que siente incertidumbre, que enfrenta dificultades y que puede equivocarse.
La vulnerabilidad bien comunicada no destruye liderazgos; puede fortalecerlos.
Un gobernante que reconoce una falla, explica por qué ocurrió y presenta una ruta para corregirla transmite responsabilidad. No se trata de convertir los informes en una ceremonia de disculpas ni de justificar la incapacidad. Tampoco significa normalizar la improvisación, la corrupción o la falta de resultados. Se trata de ejercer una rendición de cuentas más honesta.
Aceptar un error solamente tiene valor cuando está acompañado de aprendizaje y corrección. Decir “nos equivocamos” debe llevar inmediatamente a explicar qué se hará diferente. La autocrítica sin acciones se convierte en discurso vacío, pero el triunfalismo sin realidad termina siendo todavía más dañino.
En política se ha satanizado tanto el error que algunos funcionarios prefieren defender una mala decisión antes que reconocerla. Creen que dar marcha atrás representa una derrota y que modificar una estrategia los hace parecer débiles. En realidad, la verdadera debilidad consiste en sostener lo que no funciona únicamente para proteger una imagen.
Gobernar también significa corregir.
Los informes de gobierno podrían ser una oportunidad extraordinaria para hablar con madurez. Además de presentar logros, tendrían que explicar cuáles fueron las metas que no se alcanzaron, qué políticas públicas necesitan ajustes y cuáles son las deudas que permanecen con la sociedad. Un balance serio debe contener avances, pendientes y errores.
La gente no espera gobernantes perfectos porque sabe que no existen. Lo que espera son autoridades responsables, sensibles y capaces de aprender. En una época marcada por la desconfianza, reconocer un mal paso no necesariamente hunde una carrera política. Por el contrario, puede otorgarle credibilidad a un gobierno.
Quizá uno de los actos más valientes en la política contemporánea sea pronunciar una palabra sencilla, pero casi ausente de los discursos oficiales: “fallamos”.
Y después de decirla, ponerse a trabajar para corregir.