Hugo Ontiveros: ¿Y si nos reconciliamos como país?
Estos días he estado reflexionando sobre una pregunta que me parece fundamental: ¿hacia dónde se dirige el nuevo orden de los gobiernos y, particularmente, hacia dónde va la política en México?
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Estos días he estado reflexionando sobre una pregunta que me parece fundamental: ¿hacia dónde se dirige el nuevo orden de los gobiernos y, particularmente, hacia dónde va la política en México?
Y no me refiero a si el futuro será liberal o conservador, si tendremos gobiernos de izquierda o de derecha, si apostaremos por el libre mercado o por una mayor intervención del Estado.
Creo que hemos pasado demasiado tiempo discutiendo sobre esas etiquetas y muy poco reflexionando sobre lo verdaderamente importante: la relación entre los ciudadanos y quienes ejercen el poder.
México atraviesa una profunda polarización política. Nos hemos acostumbrado a dividirnos entre buenos y malos, entre los que están conmigo y los que están contra mí, entre quienes defienden a un gobierno y quienes lo cuestionan.
Y sería un error atribuir esta situación exclusivamente a un partido político.
Los azules cometieron errores cuando tuvieron el poder. Los rojos también. Y los guindas no han sido la excepción.
Pero tampoco creo que la solución esté en seguir buscando culpables eternamente.
Me parece que ha llegado el momento de hablar de una reconciliación nacional.
Y cuando hablo de reconciliación, no me refiero a un acuerdo entre las dirigencias de los partidos, a una fotografía de políticos dándose la mano o a un pacto de conveniencia electoral.
Recuperar la capacidad de escucharnos, de dialogar sin necesidad de insultarnos y de reconocer que podemos tener diferencias ideológicas sin convertirnos en enemigos.
Creo que uno de los grandes problemas de nuestra política es que hemos construido una cultura en la que los gobernantes parecieran tener prohibido equivocarse.
Todo tiene que funcionar, todo tiene que estar bien, todas las decisiones tienen que ser correctas y todos los resultados tienen que ser extraordinarios, aunque la realidad nos diga lo contrario.
¿Cuándo fue la última vez que escuchamos a un gobernante decir con absoluta naturalidad: me equivoqué, tomé una mala decisión, no pude resolverlo o sencillamente la regué?
¿Por qué tendría que ser tan difícil?
La política necesita recuperar algo tan elemental como la honestidad. Si algo no funciona, hay que decirlo.
Si no existen los recursos suficientes para resolver un problema, hay que explicarlo.
Los ciudadanos no somos ingenuos. Sabemos que gobernar es complicado, que los recursos son limitados y que existen problemas que no se resuelven de la noche a la mañana.
Lo que resulta verdaderamente ofensivo es que nos quieran tomar el pelo.
Que nos digan que todo está bien cuando todos podemos ver que algo está mal.
Y aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental: la verdad, el respeto y el sentido común no pertenecen a ninguna clase social.
No se necesita tener un doctorado, una posición económica privilegiada o una formación política extraordinaria para comprender que las cosas deben hacerse bien.
El sentido común no distingue entre ricos y pobres. La dignidad tampoco.
Una persona que vive en una comunidad rural tiene exactamente el mismo derecho a recibir una explicación honesta de su gobierno que alguien que vive en una gran ciudad.
Por eso creo que el nuevo orden político no debería construirse alrededor de las ideologías, sino alrededor de una nueva forma de relacionarnos.
También los ciudadanos tenemos una responsabilidad. No podemos exigir respeto mientras descalificamos a quien piensa diferente.
La reconciliación tiene que ser de ida y vuelta.
Necesitamos ponerle más intelecto a la discusión pública, pero también más sensibilidad humana.
Porque gobernar no significa tener siempre la razón, y ser oposición tampoco significa estar permanentemente en contra de todo.
A estas alturas, México necesita menos políticos empeñados en demostrar quién tiene la culpa del pasado y más personas comprometidas con resolver los problemas del presente.
Tal vez la verdadera transformación que necesitamos no sea de colores, de siglas o de ideologías.
Que podamos volver a creer en la palabra de alguien, aunque piense diferente.
Porque reconciliar a México no significa que todos pensemos igual.
Y quizás ahí esté el verdadero reto de los próximos años: entender que ningún proyecto político, por exitoso que se considere, puede construir un mejor país sobre una sociedad permanentemente dividida.
Al final, antes que panistas, priistas, morenistas o simpatizantes de cualquier otra fuerza política, somos personas.
México no necesita que todos estemos del mismo lado de la política.
Y esa reconciliación debería comenzar con algo tan sencillo, pero tan escaso en nuestros días, como hablarnos con la verdad y tratarnos con respeto.