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CDMX

La extinción de la posibilidad

El duelo es una herida invisible que impacta tanto al cuerpo como a la mente.


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Por: Carolina Hernández

El duelo es una grieta que no avisa.

Llega como un golpe seco en medio del pecho, como si alguien hubiera colocado un puño invisible entre las costillas y lo apretara sin tregua.

Nadie te prepara para esa sensación de caminar con el aire cortado.

El cuerpo entero se altera.

El sistema nervioso libera cortisol, la hormona del estrés, y entonces el corazón late más rápido, la respiración se entrecorta, los músculos se tensan.

Los cardiólogos lo llaman “síndrome del corazón roto”: el dolor emocional puede inflamar el músculo cardiaco, puede simular un infarto real. La tristeza, literal, puede matarte.

El síndrome del corazón roto, también es llamado "miocardiopatía inducida por estrés" o "miocardiopatía de takotsubo” una palabra del japones que describe las trampas que se usan para capturar pulpos.

Y cuando “el corazón se rompe” el ventrículo izquierdo adopta una forma de "jarra redonda con cuello estrecho" que se asemeja a esa vasija tradicional.

Pero más allá de lo clínico, el duelo es memoria encarnada.

Es despertar en la madrugada con un nudo que no se deshace con nada.

La ciencia le ha puesto nombre a esa sensación: el cerebro activa las mismas áreas que reaccionan al dolor físico, como la corteza cingulada anterior. Por eso duele tanto no solo. Físicamente tanto.

Pero para mi lo más desgarrador del duelo no es solo la pérdida del presente: es la extinción de la posibilidad.

El duelo nos obliga a enfrentarnos con una certeza brutal: lo que pudo ser, ya no será.

No habrá nuevos recuerdos ni abrazos postergados.

Esa es la herida más honda: la clausura definitiva de un futuro posible.

El duelo no borra únicamente lo que fue, borra también lo que nunca alcanzará a ser.

Por eso el dolor se vuelve materia. Se convierte en un peso en la espalda, en una presión en los hombros.

El cuerpo añora los caminos que no se anduvieron. Ese vacío se inscribe en la carne. La neurociencia lo confirma: la pérdida puede alterar la conectividad neuronal, generando cambios tan reales como una cicatriz.

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El estrés crónico de vivir un duelo reconfigura los circuitos cerebrales, especialmente el hipocampo y la amígdala, afectando la regulación emocional y la memoria, y puede llevar a cambios estructurales en la materia gris. 

Estos cambios neuronales son una adaptación del cerebro al nuevo mundo sin ese ser querido y, aunque son procesos adaptativos, un duelo prolongado o no resuelto puede causar dificultades cognitivas y de salud. 

Y hay días en los que la herida se calma y parece solo un murmullo, pero hay otros en los que se abre como si fuera nueva.

Aprender a vivir con duelo no significa olvidar; significa aceptar que parte de nosotros se fue con aquello que ya no será, abrazar la certeza de que la ausencia es un idioma que nunca se aprende del todo, pero que nos habita.

Y en ese idioma, doloroso y luminoso a la vez, encontramos el testimonio más claro de nuestra capacidad de amar.


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