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No fue una llamada de diplomatica, fue un recordatorio de poder
Sonó el teléfono rojo en Palacio Nacional: 15 minutos entre Sheinbaum y Trump que dicen mucho más de lo que oficialmente se reconoció.
Sonó el teléfono rojo en Palacio Nacional: 15 minutos entre Sheinbaum y Trump que dicen mucho más de lo que oficialmente se reconoció. La llamada entre la Presidenta de México y el Presidente de los Estados Unidos no sólo fue breve, fue un choque de prioridades, percepciones y presiones geopolíticas, enmarcadas en un momento de alta tensión.
Desde Washington, el mensaje de Donald Trump hacia La Habana ha sido tajante: reducir al mínimo cualquier ayuda que favorezca al régimen cubano tras la captura de Nicolás Maduro y la reconfiguración del mapa energético en el Caribe. El propio mandatario republicano llegó a advertir que no habría más petróleo ni dinero para Cuba si no se alcanzaba un “acuerdo”, buscando debilitar la influencia de gobiernos de corte izquierdista en la región y consolidar la narrativa de su administración con la nueva doctrina Monroe, ahora llamada doctrina Donroe.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno diplomático fue otra. Pese a que la conversación de quince minutos entre Sheinbaum y Trump fue descrita por la mandataria como “muy amable” y centrada en cooperación en seguridad, tráfico de drogas y respeto a la soberanía, los signos externos mostraron que Washington no sólo aceptó tacitamente que México siga suministrando petróleo a Cuba, sino que incluso lo permitió públicamente. En el mismo día de la llamada, el secretario de Energía de Estados Unidos confirmó que México puede continuar el envío de crudo al Caribe, algo que contradice los discursos más duros hacia La Habana.
Esta dualidad no es casualidad. México, bajo la conducción de Sheinbaum, ha tratado de equilibrar intereses contrapuestos: por un lado, una tradición diplomática que rechaza el intervencionismo y sostiene la cooperación con países como Cuba y Venezuela; por otro, la realidad de que Estados Unidos es el principal socio comercial, aliado estratégico indispensable y, en términos de seguridad, insistente con resultados palpables en la lucha contra los cárteles y el tráfico de drogas.
Al negarse a permitir una intervención militar estadounidense en territorio mexicano y al defender que los envíos de crudo no han aumentado más allá de lo histórico, Sheinbaum ofreció una lectura de soberanía y autonomía. Pero al mismo tiempo, la posibilidad de fungir como un “vehículo de comunicación” entre Washington y La Habana exhibe su intento por posicionar a México como actor diplomático relevante, incluso cuando la agenda de su contraparte parece imponer prioridades distintas.
Así, la mandataria se encuentra entre la espada y la pared: su ideología y vínculos con el bloque progresista latinoamericano la empujan a sostener posturas de no intervención y apoyo al desarrollo soberano regional, mientras que la razón y la realpolitik la obligan a reconocer que sin una relación funcional con Estados Unidos —en comercio, migración y seguridad— México se vería seriamente debilitado. La negociación silenciosa de esos quince minutos refleja justamente esa tensión: un diálogo donde lo que se dice es menos importante que lo que se acuerda fuera del micrófono.




