Omar Reyes Cerda
COINCIDENCIAS
Por: Omar Reyes Cerda

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Omar Reyes: Cambian la oficina, pero sin reglas

La inteligencia artificial no llegó a las empresas con una ceremonia de inauguración, un manual de uso ni una capacitación general.



La inteligencia artificial no llegó a las empresas con una ceremonia de inauguración, un manual de uso ni una capacitación general. Entró por la puerta de atrás, escondida entre pestañas del navegador, aplicaciones gratuitas y trabajadores que descubrieron que podían terminar en minutos lo que antes les llevaba horas.

Hoy se utiliza para redactar correos, resumir y analizar informes, diseñar imágenes, filtrar candidatos, revisar productividad y hasta recomendar quién merece un ascenso o quién dejó de ser indispensable.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Mientras las empresas todavía discuten si deben comprar una licencia corporativa, buena parte de sus empleados ya trabaja con inteligencia artificial desde cuentas personales, subiendo contratos, bases de datos, estrategias, fotografías, reportes internos y conversaciones que quizá nunca debieron salir de los sistemas de la compañía.

El problema no es que la inteligencia artificial haya llegado a la oficina, el verdadero problema es que llegó sin reglas.

Pocas organizaciones pueden responder con claridad qué información está permitido compartir con una plataforma externa, quién conserva los derechos sobre el contenido generado, cómo se verifica que una respuesta sea correcta o qué ocurre cuando un colaborador entrega como propio un trabajo producido casi por completo por una máquina.

La contradicción es evidente, las empresas quieren la productividad de la inteligencia artificial, pero todavía no están preparadas para asumir sus riesgos.

Tampoco existe claridad sobre la vigilancia, los sistemas ya pueden medir tiempos de conexión, movimientos del teclado, desempeño, patrones de comunicación y cumplimiento de objetivos. El siguiente paso es utilizar algoritmos para evaluar al personal, asignar tareas o decidir quién permanece y quién se va.

Ahí la tecnología deja de ser sólo una herramienta y comienza a ejercer una especie de poder.

En la Cámara de Diputados ya se discuten iniciativas para limitar la vigilancia automatizada, exigir intervención humana en decisiones laborales y evitar que un algoritmo determine por sí solo la contratación, permanencia o despido de una persona. También se planteó una indemnización de cinco meses para quienes pierdan su empleo por la sustitución directa de sus funciones mediante inteligencia artificial. 

La discusión llega tarde, pero al menos llegó.

Claro, despedir a alguien con base en una evaluación automática no elimina la responsabilidad de la empresa. Tampoco la elimina contratar un sistema externo y después alegar que nadie conocía sus criterios.

Un algoritmo puede procesar miles de datos, pero también puede reproducir prejuicios, castigar trayectorias atípicas o descartar personas por patrones que nunca serán explicados.

La promesa de objetividad tecnológica puede terminar convertida en una manera elegante de esconder decisiones injustas, en las áreas creativas el conflicto es todavía más evidente.

Periodistas, diseñadores, fotógrafos, editores, publicistas y productores, etcétera, utilizan herramientas entrenadas con millones de obras cuyo origen no siempre es transparente.

México ya discute reformas laborales y de derechos de autor relacionadas con el uso de inteligencia artificial en estas industrias, pero organizaciones defensoras de la libertad de expresión han advertido desequilibrios y riesgos en las propuestas. 

Las empresas no pueden esperar a que el Congreso resuelva todo, necesitan protocolos propios: qué herramientas están autorizadas, qué información jamás debe cargarse, cuándo debe informarse que un contenido fue generado con IA, quién revisa los resultados, cómo se protege la propiedad intelectual y qué decisiones siempre deberán permanecer en manos humanas.

También necesitan reconocer algo incómodo: utilizar inteligencia artificial no equivale automáticamente a innovar.

Sustituir personas sin rediseñar procesos no es transformación digital y vigilar más no es dirigir mejor, producir más contenido sin verificarlo no significa comunicar mejor y ahorrar tiempo para llenar ese mismo tiempo con nuevas tareas tampoco representa progreso.

La inteligencia artificial puede liberar a los trabajadores de actividades repetitivas, mejorar análisis y ampliar capacidades. Pero también puede precarizar empleos, diluir responsabilidades y convertir cada minuto en un dato sujeto a evaluación, insisto, la diferencia no estará en la tecnología, sino en las reglas.

La oficina ya cambió. Ahora falta decidir si ese cambio servirá para que las personas trabajen mejor o simplemente para que sean observadas, medidas y reemplazadas con mayor facilidad.

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