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Hola, ¿qué tal?, yo soy Carolina Hernández y este es Sin Esdrújulas, tu micro mini pódcast en el que escribo cosas que luego leo y luego tú me ves leer y puedes odiarme o no.
¿Qué hacemos con los odiadores?
Primero, ¿qué buscan los odiantes en redes?
Por lo general no buscan diálogo. Buscan atención, control emocional y validación tribal, o sea, que otras personas se sumen a su ataque. Si obtiene cualquiera de esas tres, ya ganó.
Yo, por eso, generalmente ignoro y bloqueo, porque esa combinación es letal.
No les damos atención y les quitamos la posibilidad de tener audiencia.
Para el cerebro del odiador, esto equivale a no existir. Y eso es intolerable para alguien que ataca desde la carencia.
No hay réplica, no hay aplauso, no hay tribu. Solo el vacío.
Por lo general, su respuesta es: “No me contestó, pero me bloqueó porque le dolió”… pero tú ya estás comiendo galletas con café. Da igual.
Y es que responderle a esas personas, aunque sea una respuesta contundente y brillante, le da la atención que llegó buscando. Y aunque tú “ganes” el argumento, pierdes la guerra emocional.
Es como discutir con alguien que grita desde un coche en movimiento. Y claro, a veces vale la pena lanzar una frase seca, mínima, muy puntual, pero no para el odiador, sino para quienes miran.
Sin ironía, sin adjetivos, sin explicación. Decir lo necesario y salir. Porque el límite no se negocia, se ejerce.
Porque si respondes con contundencia buscando “ponerlo en su lugar”, no estás poniendo un límite: estás jugando su juego. Porque el límite real no es verbal. El límite es retirar el acceso a ti.
Y quien no tiene acceso a ti, no tiene poder sobre ti. En tiempos donde todo empuja a reaccionar, elegir no hacerlo es un acto de soberanía.
No todo merece respuesta. No todas las personas merecen nuestro tiempo.
No toda provocación merece presencia.
A veces, la forma más clara de ganar, es no decir nada y cerrar la puerta. O bloquear.
Porque nuestra energía es finita, y hay quienes no merecen ni un segundo de ella.