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Este es Sin Esdrújulas, tu mini podcast en el que escribo cosas que luego leo y luego tú me ves leer para sentirnos unas personas muy muy poco productivas.
Pero antes quiero que veas lo que están haciendo estas hermosas ovejas.
Dirás tú, no están haciendo nada.
Exacto.
Esos animales tumbados ahí en el campo escocés tienen algo de sabiduría ancestral: porque si le ponemos atención podremos escucharles decir: “tranqui, existir ya es suficiente”.
Y es que, la productividad como la entendemos hoy —esa obsesión por hacer, optimizar, rendir y crecer sin parar— es un invento bastante humano.
La naturaleza no tiene KPI’s
El león no tiene una hoja de Excel para ver cuántas gacelas cazó este trimestre.
Los árboles no se comparan en LinkedIn para ver quién creció más ramas.
Las ovejas no hacen “reuniones de retroalimentación” para evaluar su pastoreo.
La mayor parte de las especies solo hacen lo necesario para sobrevivir y luego descansan.
Punto.
No sienten culpa por no “aprovechar el día”.
Ahora, sí, la productividad humana nació de la necesidad… pero se convirtió en ideología.
En sociedades cazadoras-recolectoras, la “jornada laboral” era sorprendentemente corta: estudios antropológicos (como los de Marshall Sahlins) muestran que trabajaban en promedio unas 3 a 5 horas al día.
El resto del tiempo se dedicaba a socializar, descansar o hacer rituales.