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Hugo Ontiveros
La esfera política
Por: Hugo Ontiveros

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Toda mi vida soñé con un mundial, pero…

Durante muchos años de mi vida imaginé cómo habrían vivido mi papá y mis abuelos los Mundiales de 1970 y 1986...



Durante muchos años de mi vida imaginé cómo habrían vivido mi papá y mis abuelos los Mundiales de 1970 y 1986. Siempre me pregunté qué se sentía despertar y saber que el mundo entero estaba viendo a México. Qué se sentía caminar por las calles y escuchar conversaciones de fútbol en cada esquina. Qué se sentía ver al país convertido en el centro del planeta, aunque fuera por unas semanas.

Nací en 1987. Mi primera Copa del Mundo fue Estados Unidos 1994. Todavía recuerdo aquel México contra Noruega, lo vimos en familia, en la sala de la casa, junto a unas hamburguesas caseras y su respectiva embarradita de frijoles. México cayó 1-0. Ahí comenzó mi historia mundialista. Desde entonces, crecí pensando que algún día quería vivir una Copa del Mundo en mi propio país. No verla por televisión. No escucharla en la radio. Vivirla.

Por eso, cuando se anunció que México sería sede del Mundial de 2026 junto a Estados Unidos y Canadá, algo dentro de mí volvió a encenderse. Pensé en mi hijo. Pensé en tomarlo de la mano y entrar juntos a un estadio mundialista. Imaginé escuchar el himno nacional a todo pulmón, ver salir a los jugadores a la cancha y sentir que, aunque fuera por noventa minutos, todos éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Pero conforme pasan los días, la ilusión se va apagando.

Y no solamente por el pésimo nivel futbolístico de nuestra selección nacional. No solamente porque el fútbol mexicano vive una de sus etapas más grises, más vacías y más artificiales. La desilusión viene de algo mucho más profundo: el Mundial dejó de sentirse nuestro.

Hoy la Selección Mexicana parece un producto de lujo. Una marca diseñada para consumidores premium. Una experiencia VIP. El fútbol que antes pertenecía al barrio, a la cascarita, al llano y a mi rutina de los domingos, hoy pertenece al marketing, a las zonas hospitality y a las plataformas de preventa bancaria.

La selección se alejó del pueblo. Y eso, para un país como México, es gravísimo.

Porque el fútbol era de los pocos espacios donde realmente éramos iguales. No importaba cuánto dinero tenías, dónde vivías o qué apellido cargabas. En la cancha todos corrían igual. Todos soñaban igual. Todos gritaban igual. Hoy no.

Hoy ir a un partido de la selección cuesta lo que muchas familias ganan en años. Hoy asistir a un Mundial parece una experiencia reservada para unos cuantos. Hoy el aficionado común se convirtió en espectador lejano de una fiesta que se organiza en su propia casa, pero a la que no fue invitado. Y entonces aparece la gran pregunta:

  • ¿Qué preferiríamos realmente los mexicanos?
  • ¿Ganar una Copa del Mundo o vivir en un país estable?

Porque mientras vemos inversiones multimillonarias en estadios, aeropuertos, monorrieles, vialidades y remodelaciones urbanas para “estar a la altura del Mundial”, también vemos hospitales sin medicamentos, carreteras destruidas, sistemas educativos rebasados y una inseguridad que nos obliga a vivir con miedo.

Sí, la infraestructura queda. Claro que modernizar ciudades siempre será positivo. Pero también es válido preguntarnos si las prioridades nacionales están realmente alineadas con las necesidades de la gente.

Porque si hablamos de rentabilidad social, la ecuación tampoco parece tan brillante. Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México recibirán apenas unos cuantos partidos. Muchísimo dinero invertido para muy pocos juegos. Muchísimo espectáculo para muy poca transformación real.

Y eso pasa mucho en América Latina: nos enamoramos de los eventos globales porque durante unas semanas nos hacen sentir parte del primer mundo, aunque después volvamos a la misma realidad de siempre. Quizá por eso este Mundial ya no me emociona igual.

No porque haya dejado de amar el fútbol. Al contrario. Duele precisamente porque crecí amándolo. Porque el fútbol era una esperanza de todos, un idioma universal, una alegría para toda la raza. Hoy parece una industria diseñada para vender nostalgia empaquetada.

Y mientras los gobiernos celebran la llegada de la Copa del Mundo como si fuera la máxima señal de progreso, millones de mexicanos siguen esperando algo mucho más importante que un partido inaugural: vivir en un país donde no tengamos que sobrevivir todos los días.

Porque quizá el verdadero sueño mundialista no era organizar otra Copa. Quizá el verdadero sueño era convertirnos en un país donde todos pudiéramos disfrutarla.

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