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Y no podemos hablar del cringe sin hablar de los therians. Pero tranquilas, preciosas, este no es otro estudio filosófico postmoderno sobre taxonomías identitarias.
Es una pregunta mucho más simple: ¿Por qué nos da tanta roña el ridículo de las adolescencias?
La respuesta corta: porque ya no somos jóvenes. Te cuento.
La adolescencia es un laboratorio social sin prestigio que perder. Es la etapa de exploración identitaria.
¿Quién soy?
¿A dónde voy?
¿Por qué estoy aquí?
YO NO TE PEDÍ NACER, TE ODIO.
En esa etapa es absurdo esperar coherencia. Se espera prueba y error. Se espera intensidad. Se espera dramatismo. Se espera, incluso, hacer el ridículo.
Y eso es lo que está haciendo la chaviza: el ridículo. Pero el ridículo no destruye una reputación que aún no existe.
Con los años la cosa cambia. Porque pasa algo muy concreto: acumulamos inversión identitaria. Tenemos profesión.
Cierto prestigio. Círculos sociales. Una imagen pública que cuidar.
Y mientras más invertimos en una identidad, más costoso es desviarnos de ella. Ahí empieza el cringe.
No es solo que la juventud sea exagerada. Es que su elasticidad identitaria confronta nuestra rigidez adquirida.
Hay décadas de estudios sobre conflicto intergeneracional que muestran lo mismo: las generaciones mayores tienden a ver la cultura juvenil como superficial, exagerada, moralmente inferior y poco seria.
“NO SÉ CÓMO SE ATREVEN A VESTIRSE ASÍ Y SALIR…” Pero esto no es nuevo.
Platón ya se quejaba de la juventud en la Antigua Grecia. En los años 50, el rock era decadencia moral.
En los 80, los punks eran el fin del orden social. Hoy son TikTok, los therians, el lenguaje inclusivo o las estéticas hiperperformáticas.
El patrón se repite. Porque la humanidad es predeciblemente cíclica.
Ahora piénsalo: ¿No será que nos incomoda que los adolescentes hagan el ridículo porque nos recuerdan que nosotros lo hicimos?
¿De verdad crees que te veías cool hablando con la efe? Defeverferdafaf crefes efesofo.
La diferencia es que no había hiperconexión. Lo que hacíamos se quedaba en los recuerdos borrosos de nuestro grupo de amigos y en una que otra foto mal revelada.
Hoy el ridículo es permanente. Archivado. Compartible. Algorítmico.
Así que dejemos a las adolescencias adolescer. Su identidad es líquida.
La nuestra está hipotecada. Y lo que nos da cringe no es que ellos cambien tanto.
Es que nosotros ya no nos permitimos cambiar. Demos cringe, hagamos el ridículo que quizá es nuestra última oportunidad de sentirnos jóvenes otra vez.